Finsbury park

Finsbury park es uno de tantos parques que hay en Londres.

Esos espacios ganados a la ciudad por una vegetación que, si no fuera por el asfalto, crecería sin control.

Pero Finsbury park es

 

desolador.

 

Su atmósfera está afectada por personas sin rumbo.

Sin ser demasiadas, contribuyen, desde posiciones estratégicas y actitudes que parecen ensayadas, a provocar una angustia incómoda en el visitante.

Andar sin decisión.

Encender un cigarro.

Pararse porque sí.

Dudar.

Es posible pasear por el parque y disfrutar de sus olores, el frío y, si se trata de un día ligeramente ventoso, del sonido de las copas de los árboles en movimiento.

Pero en seguida aparecen estos seres sin propósito, de ninguna parte, empujados de forma aleatoria hacia diferentes direcciones, como si fueran bolas de billar que acaban de chocar entre sí y salen despedidas a cámara lenta.

La vegetación, como decía, vence a la ciudad (a veces).

Los seres sin rumbo brotan en el parque (hasta ahora, siempre).

En algún momento, un propósito extraviado se adueñará de una de esas personas perdidas (esto todavía no ha ocurrido).

La enganchará y se la llevará (siendo optimista).

Y esa persona se dará cuenta por fin de que se puede disfrutar de muchas cosas…

Pero no de los días

fríos

y ligeramente ventosos.

 

 

1 entre 1 millón

Creo que habría que revisar la expresión ser 1 entre 1 millón. Sí, porque si en el mundo hay 7000 millones de personas (o 7 “millardos”) , ser 1 entre 1 millón es ser muchísimo menos especial que ser 1 entre 7 millardos, que es lo mínimo y común a todos los habitantes de la tierra. El rango de lo especial, por tanto, comienza en el millardo 7,1.

– Ay cariño, eres 1 entre 8,6 millardos.

– Me halagas, amor mío. Qué ratio… ¡Qué ratio!

Fotos 22.01.15