Ganas de vacaciones, nivel…

El otro día, jugando a un videojuego por trabajo (que no por placer), manejando a un erizo azul que habla, recorriendo un palacio flotante situado por encima de las nubes digitales, anaranjadas además por efecto de un sol estático cercano al horizonte, acabé parado en una de las esquinas exteriores del palacio… disfrutando del atardecer.

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Perdida y encontrada

He recuperado una mochila que perdí hace tres semanas en el autobús.

Así, ha quedado inmediatamente protegida por las leyes de la probabilidad: es prácticamente imposible volver a perderla.

Es más, aunque quisiera perderla otra vez…

NO PODRÍA

Primer beso cazado

Hoy he cazado un primer beso.

Era una pareja sentada en la terraza de un pub, protegidos de la lluvia bajo un toldo.

Ha sido extraño porque parecía una escena de película o de obra de teatro, solo que los actores eran buenísimos.

Qué forma tan casual y poco forzada de agarrarle él la mano a ella, acariciarla.

QUÉ SUBIDA DE MIRADA DE LOS DOS, desde las manos hacia arriba hasta encontrase con el otro, QUÉ CONEXIÓN. Ni Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman ni leches.

En ese momento los tres sabíamos que iba a haber beso (quizá alguna mesa más también).

 

 

 

Standard

El otro día por la tarde un hombre en la entrada del tube repartía el Evening Standard, un periódico gratuito cuyo equivalente español podría ser el 20 Minutos.

Por cada uno que daba decía (con voz grave y sonora pero aburrida): “Standard, Standard, Standard…”.

Después de escuharlo durante unos segundos pensé que quizá, cuando pronunciaba “standard”, no se refería al nombre del periódico; es posible que lo utilizara como excusa para calificar, de forma íntima y cruel, a todo aquel que lo cogía.

“Standard, Standard, Standard…”.

Emitiría el juicio basándose en algún criterio totalmente injusto y subjetivo como el estilo de la ropa o el aspecto de las manos al agarrar el periódico.

Puede que su objetivo fuera encontrar a alquien extraordinario, alguien a quien darle el periódico con la misma voz grave y sonora pero aburrida diciendo: “Extraordinario”.

Alguna vez se juntarían tres extraordinarios.

“Extraordinario, extraordinario, extraordinario, standard”.

El cuatro se sentiría un poco mal.

El perro

perro humano
Serie “Hybrid Portaits” de Anna Mainenti (b.1982 Verona). Vía Cultura Inquieta: http://www.culturainquieta.com

Es raro que todavía no haya comentado nada sobre el perro. Supongo que es porque estoy jodidamente un poco harto de ocupado con las cadenas que me atan responsabilidades asociadas a una vida adulta que llegó tarde la vida normal.

Pero vamos al perro.

El perro de los vecinos se llama Ocho, un nombre que para su desgracia, no le ha traído mucha suerte. Y es que la fortuna lo abandonó justo en el momento de su nacimiento, cuando sus dueños, en lugar de ver un animal, vieron un número. Así, ya desde cachorro, los salvajes de sus amos empezaron a tratarlo como un triste y desalmado… 8. Es decir, ¿alimentarías a un número?, ¿sacarías a pasear a un número? ¿Querrías que un número se relacionara con otros números? ¿Tirarías un palo a un número para jugar con él?

Supongo que el ladrido desesperado de ese número que poseen les extraña y son incapaces de entender la llamada de socorro. Creo que la rabia que transmite esa abstracción gritona les descoloca, ¿cómo va a sufrir un número? se preguntan. Mientras, Ocho, más humano que sus dueños, aguanta el invierno solo, persiguiendo pájaros, refugiándose de la lluvia en su caseta o tumbándose para tomar un sol poco frecuente. Es entonces cuando, así tumbado, a ojos de sus dueños, se convierte en el infinito. “Qué bien, tenemos al infinito como mascota” piensan. Y ese pensamiento rellena, apenas, el vacío inabarcable que alberga su cabeza.

Pero los vecinos no sólo creen tener un número -o un infinito- como mascota. Ellos mismos, al mirarse al espejo, ven números. En concreto el uno (1), el nueve (9) y el siete (7), los tres más antropomorfos. Además, comen ceros fritos, observan treses grises de lluvia en el cielo, se sientan en cuatros, dicen “no comas tanto, que te vas a poner como un cinco” y, en fin, ven todo así, a través de unos seises graduados a medida.

Espero que algún día su fantasía colapse para siempre. Que un caos de números irracionales les traigan de vuelta a nuestro mundo, emotivo y sin sentido. Que los números complejos restablezcan la conexión razón-emoción y fluya de nuevo el conflicto y la armonía características de los humanos. Que los números fraccionarios quiebren su espejo para que, al final, los números imaginarios los saquen de su mundo imaginado.