Finsbury park

Finsbury park es uno de tantos parques que hay en Londres.

Esos espacios ganados a la ciudad por una vegetación que, si no fuera por el asfalto, crecería sin control.

Pero Finsbury park es

 

desolador.

 

Su atmósfera está afectada por personas sin rumbo.

Sin ser demasiadas, contribuyen, desde posiciones estratégicas y actitudes que parecen ensayadas, a provocar una angustia incómoda en el visitante.

Andar sin decisión.

Encender un cigarro.

Pararse porque sí.

Dudar.

Es posible pasear por el parque y disfrutar de sus olores, el frío y, si se trata de un día ligeramente ventoso, del sonido de las copas de los árboles en movimiento.

Pero en seguida aparecen estos seres sin propósito, de ninguna parte, empujados de forma aleatoria hacia diferentes direcciones, como si fueran bolas de billar que acaban de chocar entre sí y salen despedidas a cámara lenta.

La vegetación, como decía, vence a la ciudad (a veces).

Los seres sin rumbo brotan en el parque (hasta ahora, siempre).

En algún momento, un propósito extraviado se adueñará de una de esas personas perdidas (esto todavía no ha ocurrido).

La enganchará y se la llevará (siendo optimista).

Y esa persona se dará cuenta por fin de que se puede disfrutar de muchas cosas…

Pero no de los días

fríos

y ligeramente ventosos.

 

 

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El perro

perro humano
Serie “Hybrid Portaits” de Anna Mainenti (b.1982 Verona). Vía Cultura Inquieta: http://www.culturainquieta.com

Es raro que todavía no haya comentado nada sobre el perro. Supongo que es porque estoy jodidamente un poco harto de ocupado con las cadenas que me atan responsabilidades asociadas a una vida adulta que llegó tarde la vida normal.

Pero vamos al perro.

El perro de los vecinos se llama Ocho, un nombre que para su desgracia, no le ha traído mucha suerte. Y es que la fortuna lo abandonó justo en el momento de su nacimiento, cuando sus dueños, en lugar de ver un animal, vieron un número. Así, ya desde cachorro, los salvajes de sus amos empezaron a tratarlo como un triste y desalmado… 8. Es decir, ¿alimentarías a un número?, ¿sacarías a pasear a un número? ¿Querrías que un número se relacionara con otros números? ¿Tirarías un palo a un número para jugar con él?

Supongo que el ladrido desesperado de ese número que poseen les extraña y son incapaces de entender la llamada de socorro. Creo que la rabia que transmite esa abstracción gritona les descoloca, ¿cómo va a sufrir un número? se preguntan. Mientras, Ocho, más humano que sus dueños, aguanta el invierno solo, persiguiendo pájaros, refugiándose de la lluvia en su caseta o tumbándose para tomar un sol poco frecuente. Es entonces cuando, así tumbado, a ojos de sus dueños, se convierte en el infinito. “Qué bien, tenemos al infinito como mascota” piensan. Y ese pensamiento rellena, apenas, el vacío inabarcable que alberga su cabeza.

Pero los vecinos no sólo creen tener un número -o un infinito- como mascota. Ellos mismos, al mirarse al espejo, ven números. En concreto el uno (1), el nueve (9) y el siete (7), los tres más antropomorfos. Además, comen ceros fritos, observan treses grises de lluvia en el cielo, se sientan en cuatros, dicen “no comas tanto, que te vas a poner como un cinco” y, en fin, ven todo así, a través de unos seises graduados a medida.

Espero que algún día su fantasía colapse para siempre. Que un caos de números irracionales les traigan de vuelta a nuestro mundo, emotivo y sin sentido. Que los números complejos restablezcan la conexión razón-emoción y fluya de nuevo el conflicto y la armonía características de los humanos. Que los números fraccionarios quiebren su espejo para que, al final, los números imaginarios los saquen de su mundo imaginado.

El verano

del París clasista

del Berlín bohemio

del Londres caluroso con fish&chips

de la Torrevieja choni

de la coincidencia del pequeño George

del vencejo que no podía volar

de los sofás cama

del karaoke vietnamita

de los tres kilos perdidos

de Juego de Tronos

del cambio de la rueda de atrás

de guardar la tele

de las olimpiadas a distancia

del gazpacho casero

de la hamburguesa de pulpo

de colarse en el metro

y del bar de la esquina