Arroz amarillo

Qué gran poder aquel que consiste en enseñar un idioma. Además de manera natural, como lo hacen los padres. Transmiten a sus hijos, ni más ni menos, la forma en la que pensarán y se expresarán durante toda su vida. No creo que mi madre tuviera esto en cuenta cuando me hizo aprender nombres como “arroz amarillo”. Porque yo hablaba con mis amigos y, completamente seguro de que me entenderían, les decía que tal día yo había comido arroz amarillo. Entonces ellos arrugaban los ojos extrañados y me preguntaban: “¿Paella?”. A lo que yo respondía “No, no, arroz amarillo”.

 

Con el paso del tiempo comprendí que “arroz amarillo” no significaba lo mismo para mí que para el resto de la humanidad. Y, poco a poco, fui perfeccionando la explicación que acompañaba al arriesgado acto de informar a alguien de que había comido -o iba a comer- arroz amarillo: no es paella, es un arroz que hace mi madre en la olla. Lleva cebolla, atún, etc. En mi familia lo llamamos “arroz amarillo” y por eso yo también lo llamo “arroz amarillo”.

 

Asumí la diferencia de significado, creyendo además que en el futuro no pasaría lo mismo con otros nombres ajenos al círculo familiar. Mi sorpresa fue terrible cuando, siendo adulto, descubrí que la confusión podía darse con cualquier palabra: adjetivos, sustantivos, verbos, determinantes, conjunciones, adverbios, preposiciones e interjecciones. Todas y cada una de ellas están sujetas a la libre interpretación del hablante y del oyente. Es el talón de Aquiles del lenguaje, causante de que la palabra “lámpara” provoque imágenes distintas en la mente de cada uno de nosotros y active diferentes recuerdos. El punto débil de la comunicación que induce a los seres humanos al caos de la certeza individual y la ignorancia colectiva. La solución falsa a la Torre de Babel que nos lleva a seguir discutiendo cuánto dura “un rato”, qué es “justicia” o dónde está el límite entre “pedir” y “exigir”. A la vez, la bandeja en la que se nos ofrece la oportunidad única de encontrar a alguien que comparta nuestros significados (no nuestras palabras), alguien que sepa por qué reímos o por qué miramos. Alguien cuya imaginación ocupe el mismo lugar que la nuestra en el desierto del lenguaje.

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