Lámparas

Existe un lugar que define al instante. Un lugar con tal poder que cualquier persona, animal u objeto que cae en él, ve alterada su condición y se convierte en otra cosa.  Ese espacio único -no tardaré más en desvelar la incógnita- es la parte central del techo. La aparente inocencia de esta zona es una de sus armas, la bomba de humo que nos impide apreciar su acción alteradora de la realidad. Porque -y aquí resuelvo el segundo misterio- todos los elementos que sean colocados en la parte central del techo, acompañados por una bombilla, serán considerados, inmediata e irreversiblemente, lámparas. Es decir, que:

 

Si un ordenador portátil es colocado en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser un ordenador.

 

Si una moto es colocada en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser una moto.

 

Si un ser humano es colocado en la parte central del techo con una bombilla, dejará de ser un ser humano.

 

Dudo ahora al pensar en las lámparas de verdad. ¿Qué ocurre si una lámpara de verdad es descolgada? Pienso que no dejaría de ser una lámpara, pero, todas y cada una de las veces que la observáramos, echaríamos de menos a su creadora, su ama: la parte central del techo.

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