El puzle

Creo que si los objetos sintieran, su mirada sería imperturbable, contenida y cómplice. Además, si tuvieran conciencia, sabrían de mis intimidades, suertes y desgracias. Quizá por eso los observo con respeto. Como si fueran compañeros perdidos por un bache en el camino. El horizonte del pasado se sitúa detrás de mí cuando los descubro apoyados en las paredes de la habitación que, haciéndolos un favor, los guarda y salva del vertedero.

 

Evoco al instante: la memoria, igual que una máquina del tiempo, arranca y me lleva a una época, a un momento o a un hábito transformado en imagen. La lámpara del barco. La persiana azul. El Fiesta. Una carta en tinta verde. La ventana que daba al parque del barrio.

 

Creo que si los objetos sintieran, llorarían al verme pasar. No por ellos, impasibles; sino por mí, alterado, moviéndome por el espacio y el tiempo inconsciente de los baches y las pérdidas. Ignorando que cada objeto es una pieza del puzle en el que me convierto. Un puzle que se transforma cada minuto y cada año. Siempre inacabado. Siempre a punto de descomponerse en mil pedazos.

 

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