Mi armónica

Las pasadas navidades fui a un encuentro de friquis que se reunían para cantar villancicos en una casa. Al rato de estar allí, los anfritiones preguntaron quién quería una armónica para acompañar y, aunque yo no tenía ni idea de cómo sacarle un sonido decente, me ofrecí voluntario. Al acabar, me la dieron.

Me marché contento con mi nuevo regalo. Qué majos, pensé, y después miré la armónica. En ese momento caí en que aquel acto de generosidad quizá ocultase otro de verdadero asquete. Porque claro, durante las dos horas que estuve soplando los agujeritos, investigando la variedad de matices del instrumento, probando las notas altas y las notas bajas, jugando con el volumen e intentando producir melodías de calidad, también babeé el metal dilaniano hasta convertir mi actuación en una demarcación de territorio, como si de pis se tratase.

En fin, que más que hacerme un regalo, símplemente me dejaron escapar con lo que ya era mío.

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