No me esperes, Cerbero

Cerbero, el can que guarda las puertas de Hades
Cerbero, el can que guarda las puertas de Hades

“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”

El Aleph. Jorge Luis Borges

En efecto, hoy voy a hablar de morir, verbo que no suena tan mal como el sustantivo: muerte. Es como decir sexo en lugar de follar (aquí es al revés, el sustantivo suena mejor). Así que, a quien tenga el día chungo, le aconsejo que se dirija a otro sitio web en donde se ignore el hecho de que algún día dejaremos de respirar, no será difícil encontrarlo, el 99% del tiempo de nuestras vidas lo pasamos obviando que ‘el chollo’ no durará  siempre. Que, como dice mi abuelo, dentro de mil años todos seremos calvos, que la vida es una enfermedad de transmisión sexual… en fin, amigos, que nos vamos a morir.

Para tratar el tema he buscado un compañero de post que disfruta de un caché más elevado que el mío, se trata de Jorge Luis Borges. Iré citando frases suyas que me han llamado la atención, se ajustan a lo que yo creo y -bonus- me han hecho reflexionar más allá. Todas extraídas del relato El Inmortal perteneciente al libro El Aleph.

Vamos por partes.

1. Existir

Existir, por sí solo, no es nada. Necesita algo más para convertirse en lo que los seres humanos entendemos por vivir. Ese componente adicional es la conciencia, una capacidad que nos permite saber que existimos. ¿Qué pasaría si careciésemos de ella? ¿Existiríamos? Sí, pero no lo sabríamos, es decir, no notaríamos la diferencia entre existir y no existir ya que la no existencia y la existencia sin conciencia son totalmente indistinguibles.

Implicación más importante de la teoría: aquello de lo que no somos conscientes no existe. Esta conclusión otorga a la conciencia una cualidad casi divina: seas el elemento del cosmos que seas -concreto, abstracto, atómico o planetario- sólo existirás si eres percibido por una conciencia, ya sea la tuya o la de otro ente. Un universo sin conciencias es, literalmente, la nada. Podríamos situar el inicio del mismo, por lo tanto, cuando, por vez primera, un ser fue consciente de su presencia. Quizá un homo hábilis que contemplaba el cielo africano una noche sin luna de hace más de dos millones de años. Sí, los astros estaban ahí antes de que el homínido alzase la mirada, pero, desde el punto de vista subjetivo de este antepasado -y único, en el sentido de que todavía no se han descubierto más perspectivas conscientes que la de la raza humana- el sol y el resto de planetas no existían.

Pero, ¿no es pretencioso afirmar que la conciencia humana es la que inyectó al universo la propiedad de existir? No lo creo. Disponer de conciencia no nos hace grandes, al contrario: su capacidad es limitada, por lo tanto, nunca percibimos la realidad en toda su extensión, la realidad se define en función de lo que nuestra conciencia abarca. La conciencia es, además, una cárcel.

2. Consecuencias prácticas y discutibles de lo anterior

  1. Los animales no pueden ser felices. Al no ser conscientes de la felicidad, ésta no existe.
  2. Los animales no sufren. Al no ser conscientes del dolor, éste no existe.
  3. Si un árbol cae en el bosque y nadie se entera, es como si no hubiera caído.
  4. La infidelidad no comunicada es como si no se hubiera producido.
  5. La inconsciencia de millones de alegrías, nos hace indiferentes a ellas.
  6. No nos importan multitud de desgracias, ya que no ocupan un lugar en nuestra conciencia.
  7. La distancia emocional y la existencia guardan una relación inversamente proporcional. Cuanto más lejos se siente a alguien, menos existe.

3. Morir

Es, quizá, el acontecimiento de mayor importancia al que debe enfrentarse el ser humano en la sociedad del bienestar actual, tan alejada de la muerte que aliena a los individuos, despojándoles de una parte de su esencia.

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujar como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”

Así es, la muerte define la vida tal como la conocemos y es la responsable de que todo sea irrepetible y excitantemente único. No os emocionéis, morir sigue siendo una espeluznante y terrible putada. Aunque estad tranquilos; como decía antes, la sociedad actual, en general, enfrenta la muerte ignorándola o rezando. Por eso, olvidamos el carácter exquisito y efímero de cada segundo que pasa. Si no tememos morir, es más fácil tirar nuestra existencia a la basura.

Definámosla mejor. Expirar no es dejar de existir (como hemos visto existir o no es lo de menos), es perder la conciencia. Al no tenerla, no somos conscientes de nada y, aquí viene el quid de la cuestión, ni si quiera somos conscientes de que no somos conscientes, lo que es, por cierto, un alivio descomunal. ¿Cómo es no ser consciente de que no eres consciente? Podemos hacernos a la idea con dos experimentos mentales:

1. Dormir es lo más parecido a la muerte que experimentamos en vida, ya que durante el sueño no somos conscientes. Si nos preguntáramos qué sentíamos, pensábamos o sucedía a nuestro alrededor hoy a las 4:30 a.m., seríamos incapaces de responder: la conciencia estaba desenchufada.

2. ¿Qué sucedía un año antes de tu nacimiento? ¿Te fastidiaba no vivir?

4. No morir

Borges define perfectamente qué ocurriría si fuéramos inmortales, teniendo en cuenta la naturaleza consciente y débil del ser humano.

[…] sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se corrigen el ingenio y la estolidez […] Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, si quiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

Continuará

Archivado en Opinión y Psicología.

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2 comentarios en “No me esperes, Cerbero

  1. Bonito artículo, pero ojo a la hora de extraer consecuencias: que los seres humanos seamos conscientes -eso es indiscutible- no siguinifica que seamos los únicos seres conscientes, una afirmación prácticamente indemostrable según mi opinión, al menos mientras sigamos atrapados dentro de nuestro pellejo humano.

    Por ejemplo, tus afirmaciones sobre los animales demuestran que no has convivido con ellos, si lo hubieras hecho sabrías que son seres conscientes, tal vez no del mismo modo que nosotros, pero sí capaces de sentir empatía y sufrir, y por supuesto, ser felices.

    Un cordial saludo.

  2. Sí, quizá tengas razón. Sé que se han hecho experimentos con primates y delfines para comprobar hasta que punto son conscientes de sí mismos pero más abajo en la escala evolutiva el grado de conciencia debe ser casi nulo… mi gato no se reconocía en el espejo! (esta ha sido mi única mascota con la que conviví sólo unos meses).

    Otro saludo para tí, gracias por compartir tu opinión.

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