Prohibido fumar

De la Srta. Escarlata | Pincha en la imagen para ver más fotos

El cable del flexo, cumpliendo los deseos de la casualidad, arrastró al vaso hasta el borde de la cómoda, donde la superficie de madera era insuficiente para resistir la fuerza de la gravedad. El vaso cayó y golpeó con dureza la estufa eléctrica de plástico. El agua se derramó sobre las resistencias, que comenzaron a emitir sonidos similares a los de una barbacoa y, para finalizar la cadena, la estufa se desestabilizó y se precipitó sobre mi pie (desnudo) como si fuera una medusa anhelando marcar a su presa.

Es extraño que la realidad se manifestara como lo hizo. Yo podría no haber tocado el cable, el cual no tendría por qué encontrarse ahí. El vaso podría haber estado vacío, la estufa apagada y mis calcentines podrían haber sido de los gordos. Así no habría sentido frío ni la necesidad de cambiármelos. Quién iba a pensar que daría lugar a un lapso de tiempo en el que mis pies estarían desprotegidos contra estufas malintencionadas.

Decidí ir a urgencias. La quemadura dolía a rabiar y el aspecto de la piel arrugada me hizo sospechar que era algo grave. Necesitaba un coche, pero ese día, mi compañero de piso, propietario de un práctico vehículo y hikikomori en potencia, decidió desafiar su naturaleza casera y salir. Quería comprar un flexo exáctamente igual que el mio. “Me gusta su línea elegante e industrial” solía comentar. Maldecí el flexo y exoneré mi vientre en su elegancia o, dicho de otra forma, me cagué en él. Salí cojeando de la casa y después de andar cincuenta minutos, llegué exhausto a la sala de espera de urgencias del centro de salud. Mientras me sentaba en una de las sillas, mi mano se dirigió de forma inconsciente al bolsillo del pantalón, buscando un cigarrillo. Quise encenderlo, pero un cartel que decía “Prohibido fumar” me disuadió y, a la vez, derrumbó mi ánimo. Acto seguido, lloré. En aquella triste sala de asientos naranjas fijos y pared de gotelé era difícil concebir otra cosa que hacer excepto fumar. Lo difícil se tornó imposible cuando advertí que no me encontraba en un sala de espera, sino en una fotografía. Una celda de dos dimensiones, rectangular y deprimente en la que el cartel de prohibición reinaba sin competencia. El único objetivo de sus hijas, las sillas, era emplearse acogiendo nalgas. Podría haberles dado trabajo, pero opté por arrugarme y descansar a la sombra de la más simpática.

Fin de la fotohistoria*

*Fotohistoria: pequeño relato relacionado con una fotografía, la cual sirve de estímulo para la creación del texto.

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