La realidad desde otro punto de vista: los bancos

Sí, y no me refiero a los que guardan el dinero, estoy hablando de los bancos para sentarse, esos de madera que brotan por las calles y parques de toda España. Esos bancos que, hasta ayer, yo concebía como un elemento más del mobiliario urbano pero que en realidad son la infraestructura oculta de una compleja red de información formada por auténticos friquis. Por lo menos en Lavapiés.

Esto fue lo que ocurrió. Llegué demasiado pronto y no me quedaba otra opción que esperar, así que decidí hacerlo sentado en un banco ocupado por dos señoras mayores, junto a la boca del metro. Sabía que no habría ningún problema en utilizar el hueco libre, ya que conozco la mentalidad abierta y acogedora de los viejecitos cuando están sentados en un banco, que incluso saludan al incauto que se incorpora -en este caso yo- y, desde el momento en que sus nalgas hacen contacto con el tablón del asiento, le consideran miembro de confianza del grupo, como si de repente estuviésemos viajando todos juntos en un seiscientos a Almería (referencia personal, puede que, incomprensible).

Una vez sentado, abrí el libro que llevaba con la inocente ilusión de leerlo. Una de las señoras hablaba demasiado y parecía conocer la vida de todas las personas que cruzaban por delante del banco (nodo de información a partir de ahora), en concreto, estaba especializada en trapos sucios de las gentes de Lavapiés. Mientras, yo intentaba no desconcentrarme y seguir en Londres, lugar en el que está ambientada la novela que leía. Pero fue imposible. De repente, la señora cotorra me incluye a mí como receptor de sus mensajes -además de a su amiga oyente pasiva y nos dice: ¡cuidado! ¡No dejéis que se siente esa vieja que viene por ahí! ¡Es una guarra alcohólica! Giro la cabeza y veo como se acerca, lentamente, cual nave imperial de hedor, una mujer, muleta en mano, vestida con un camisón, gorda, de pelo blanco, sucio y alborotado, mirada inteligente y un gesto que transmite el sádico placer que le produce la situación. Allá voy -debía estar pensando- morirán ahogados en mi nube de caca. Pero la señora cotorra reacciona rápido y coloca una bolsa de plástico llena de cosas en el minúsculo espacio de asiento que pretende ocupar la señora olorosa. Por su parte, la señora oyente pasiva, sigue ahí, sin mucho que aportar a la historia.

Hay tensión. Señora olorosa ha observado la treta de señora cotorra, pero no sabemos si dará resultado. Nuestra rival nos mira y nosotros le miramos a ella mientras se acerca más y más, conservando su perversa sonrisa. Fija su atención en la bolsa, nosotros en ella, ella en nosotros y, finalmente, se rinde, ordena al puente de mando virar a babor y alcanzar el siguiente nodo de información, ocupado por soldados inexpertos que la obedecen sin resistencia, cuando ella les dice, con la mano -y nada más-, echaos pa’llá.

El mal rato ha pasado, aunque no para mí, que ahora estoy sólo con señora cotorra porque señora oyente pasiva ha huido. Continuar leyendo mi libro es una utopía en este momento, pero lo simulo para que señora cotorra no se emocione. Aún así, me cuenta que señora olorosa es una borracha, que fue dueña de una casa de putas, que fue puta, que huele mal porque no se lava y que los cuarenta millones de pesetas que obtuvo de la venta de un piso se los gastó en alcohol en sólo dos meses. Es, irónicamente, una máquina expendedora de mierda contra su apestosa coetánea.

Afortunadamente, llega la persona que estoy esperando. ¡Adiós!

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4 comentarios en “La realidad desde otro punto de vista: los bancos

  1. claro, es un mujer muy atractiva.

    la página web de IGM&C tiene contraseña!

    espero que vaya todo bien en el mundo hortofrutícola.

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