Egoísmo solidario vs egoísmo egoista

Ayudas a los demás pero lo haces por egoísmo, porque quieres sentirte bien contigo mismo. Seguro que habéis escuchado esta frase en alguna ocasión. Recuerdo la primera vez que la oí, en 2000, haciendo botellón en Tribunal. Una chica rubia que bebía Martini con limón fue la emisora del mensaje y responsable de mis reflexiones posteriores: ¡oh, cielo santo! El ser humano nunca se librará de su naturaleza egoísta. O sea, que todas esas personas que ayudan a los demás (médicos, bomberos, integrantes de ONGs,…) son, en realidad, una panda de hipócritas egoístas. ¡Cómo nos la han colado los muy cabrones!

Por otra parte, el argumento era la excusa perfecta para no participar en actividades solidarias, aparentando –y esto es lo mejor- una integridad personal inquebrantable. Por ejemplo, si alguien me intentaba meter en algún fregado tipo esto:

– ¿Has pensado algo sobre el proyecto del que te hablé el otro día?

Yo contestaba:

¿Te refieres a lo de ir a África a ayudar a niños pobres, desnutridos y sin escolarizar? ¡¿Pero tú qué te crees?! ¡¿Qué soy un miserable egoísta o qué?!

Y me iba a mi casa a jugar al Monkey Island, entretenimiento que no suponía traicionar mis principios (el Monkey Island es anterior a 2000, pero estoy empleando una técnica de relato llamada No tengas en cuenta la realidad, que proporciona gran libertad a la hora de escribir). Pasadas unas semanas, una vez muerto LeChuck, me di cuenta de lo bien que me hacía sentir no ayudar a los demás y, gracias a esto, no ser egoísta. Me enganché. Un día, una viejecita ciega que quería cruzar un paso de cebra, me pidió ayuda. Ya estamos otra vez -pensé- ¿qué maligno ser desea que caiga en la tentación del egoísmo? Le dije que, por principios, no podía auxiliarla y, para dejar constancia de que no pretendía utilizarla en mi propio beneficio emocional, le robé su bastón. Una vez más, había escapado de las garras del destino, que pretendía convertirme en un perfecto ególatra.

Durante varios meses, buscar gente a la que negar socorro se convirtió en mi único objetivo vital, pero descubrí que sólo lo hacía para sentirme bien conmigo mismo, es decir, la misma motivación que impulsaba a otras personas a ayudar. Recapacité y concluí que no debía elegir entre ser egoísta o no. La cuestión era escoger entre un tipo de egoísmo u otro, sólo diferenciados por sus repercusiones en el entorno.

¿Final con moraleja? Qué coño es esto, ¿una película de Disney?

Diré algo surrealista: ¡mira, detrás de ti, un mono con tres cabezas!

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