Alan Doyle en el Café Doré

Concierto del pasado jueves 4 de junio.

Café DoreEl Café Doré es un lugar especial. Especial por estar en Lavapiés (sí, cualquier garito de Lavapiés lo es solo por estar ahí) y por su aire veraniego, por los pequeños -y acogedores- sillones de colores y por las exposiciones de fotografía o pintura de las que se puede disfrutar por el precio de una caña. Pero también es un sitio raro. Primero por la selección musical, que muestra los lugares comunes entre Frank Sinatra y María del Monte y consigue llevarte a ninguna parte, lo cual no está nada mal para desconectar. El segundo elemento extraño del Doré es el encargado del bar: un camarero al que no le gusta servir a la gente, un hombre que reniega de su condición y que es capaz de decirte: ¿quieres un vaso de agua? ¡Pues ahora te toca levantarte a ti!

Alan Doyle pensando qué acordes utilizar en su próxima canción
Alan Doyle pensando qué acordes utilizar en su próxima canción

Alan Doyle estaba en la mesa de al lado minutos antes de empezar la actuación. Él hablaba español con un amigo y dudé de su procedencia irlandesa, así que le pregunté. Me dijo que era dublinés aunque hace cinco años que está en Madrid. Yo viví una temporada en Dublín y por eso me cayó bien, además, era simpático y le gustaba hablar con la gente que iba a escucharle. También me comentó lo que iba a tocar: rock irlandés… lo que podrías escuchar en el Whelan’s de Dublín. Las expectativas aumentaron.

El concierto no empezó mal. Por su potente voz, Alan recordaba a Glen Hansard de The Frames o quizá a Damien Rice, los dos irlandeses también. Pero después de la primera canción, mi simpatía se transformó en rechazo y el ánimo en ganas de morir. Pensé que alguien debía advertir a Alan que, además de Do, Re, Mi, La menor y Sol, existen muchos más acordes. Comencé a hartarme de su forma de finalizar los versos, siempre culminados con una nota de bajo, pretendiendo hacer del mensaje algo trascendental. Tampoco ayudaron sus letras de quinceañero tipo “me acuesto en la cama y pienso en ti”, “ahora que estoy lejos te echo de menos” y otras muchas que se quedaron en el ovido por insulsas. La melodía de la voz, al igual que los acordes, no cambiaba demasiado y el irlandés no sacaba el mejor sonido de la guitarra, creo que por tocar sin púa, técnica que, o eres Robbie Krieger, o es difícil de dominar.

Entre la cerveza y la monotonía de la música, me di cuenta de que Alan había inventado un nuevo concepto de actuación: el concierto-spa. Qué relax. Qué ganas de ir a dormir cuando acabó.

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