Royal Roost

En septiembre de 1948, Miles Davis actuó durante catorce días en el Royal Roost de Nueva York. El club era un lugar oscuro, humeante y repleto de pequeñas mesas redondas que los clientes ocupaban con la intención de satisfacer su íntimo deseo de  evasión. Era la primera noche que Francisco acudía al lugar. Se había colocado en una de las mejores mesas de la segunda fila, en el lateral más alejado de la puerta de entrada, donde se ofrecían dos interesantes opciones. La primera –la políticamente correcta- era  atender al concierto, escuchar cada nota de la trompeta, descubrir cada cambio de ritmo de la batería e intentar descifrar las melodías del contrabajo. La segunda opción consistía en sucumbir a la curiosidad, dejar a un lado la vergüenza, relegar la música a un segundo plano y comenzar a observar al resto de la gente. No resistió la tentación. En ese momento le parecían más interesantes las personas que la música.  Pero sólo una le llamó la atención.

Año 2009. Son las seis de la tarde y él está cansado de tocar. Ella siente que sus brazos pesan demasiado. Deberían marcharse a casa. Después de siete horas en el pasillo de la línea seis de metro han conseguido algo de dinero y Francisco cree que es suficiente. Introduce el viejo violín en su estuche y espera un momento a que Alicia cierre el carro de la compra en el que acaba de guardar algunas cosas. Ahora los dos caminan hacia la salida y ella, mientras mira sin observar los pies de Francisco, que marcha adelantado, reflexiona sobre cómo ha cambiado su forma de tocar. Cuando se conocieron en Nueva York, era muy rápido, sus dedos se deslizaban por el diapasón de tal manera que se transformaban en una nube rosada de movimiento imparable. Pero cuando le escuchaba no sentía nada, para ella, era como ver a un robot estúpido ejecutando ordenes que casualmente producían sonidos. En cambio ahora, con ochenta años, es al contrario. Francisco no logra  mover la mano tan velozmente, pero en cada nota que da deja un trozo de sí mismo. Alicia no cree que la gente que pasa por delante de ellos todos los días, acelerada, con la mirada fija al frente, atrapada en los raíles del día a día, tenga un minuto para detenerse y sentir lo mismo que ella cuando escucha tocar a su compañero. Es cierto. Sin embargo, a algunas personas les emociona ver cómo Alicia, ligeramente inclinada, apoyando sus codos en el carro de la compra, sostiene el cuaderno de partituras para que Francisco lea cómodamente la música, mientras éste agarra su viejo violín como de si un fusil se tratara. Además, los viajeros se preguntan cómo sabe ella cuándo ha de pasar la página… ¿es capaz de leer la partitura? ¿Reconoce el momento exacto por la cantidad de veces que ha oído la melodía? ¿Es él quien le avisa utilizando una seña privada? ¡¿Es eso amor o es que no les da la gana de comprarse un atril?!

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