A veces no me gusta escuchar música

La música tiene una capacidad casi única para transformar el ambiente y provocar cambios. Habitualmente, si hay música -y en esto se parece bastante a una chimenea encendida- es porque por lo menos hay una persona escuchando y lo más importante: algo sucede.

Pero hay veces que no ocurre nada. Te das cuenta cuando vas caminando, deja de sonar el disco que tenías puesto y de repente, empiezas a oír la realidad. Tus pies andando sobre la tierra, el ruido lejano de un coche, una corriente de aire o el crujir de una hoja seca cuando la pisas. No pasa nada, qué decepción. La música mantenía el interés, le daba sentido a ese camino. Una mierda de sonidos que se te colaban por las orejas eran los responsables de que todo tuviera un porqué durante un rato y en un instante, sin avisar, te han dejado caer al puto suelo. La música le daba el toque trascendental al momento, como hace muchas veces. Pero también, en muchas ocasiones, la realidad no está a la altura.

Es entonces cuando me lo pienso dos veces, resuelvo que es mejor que mis pies no se eleven ni un centímetro del suelo, me resisto y al final no le doy al play

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